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El médico que tuvo la brillante idea de lavarse las manos
En pleno siglo XIX, cuando los quirófanos eran verdaderos focos de infección y la higiene no era una prioridad médica, un cirujano británico se atrevió a desafiar la norma con una idea tan simple como poderosa: lavarse las manos antes de operar.
Joseph Lister, inspirado por los estudios de Pasteur sobre los gérmenes, empezó a rociar ácido carbólico (fenol) en sus manos, en los instrumentos… ¡e incluso en el aire de la sala de operaciones! Aunque muchos lo tacharon de excéntrico, los datos no mintieron, la mortalidad postoperatoria se desplomó. Hoy, su legado vive en cada protocolo quirúrgico moderno —y hasta en el nombre del enjuague bucal «Listerine».
Pero lo más curioso es que no fue el primero. Antes que él, Ignaz Semmelweis ya había demostrado que el lavado de manos con cal clorada salvaba vidas, en una época en la que los microbios aún eran invisibles para la ciencia.